Y tú, ¿quién eres?

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Conocerse a uno mismo no se trata de saber cuál es tu comida preferida, qué estilo musical te gusta más o cuál es tu color favorito, sino saber cómo piensas, cómo reaccionas ante las cosas que te ocurren a ti y a los demás, cuáles son tus fortalezas y debilidades, qué sentimientos tienes, cómo los generas y cómo te desprendes de ellos.

Muchas personas suelen creer que mirar hacia dentro y conocerse a uno mismo es una tarea sencilla, sin embargo, es un camino costoso y duradero. A medida que vivimos, aprendemos, cambiamos y evolucionamos, por tanto, conocerse a uno mismo nos lleva una vida entera. De hecho, si pensáis un poco en vuestra situación, os daréis cuenta de que os es mucho más sencillo hacerlo con las personas de vuestro alrededor. Pero, ¿por qué? Pues porque, al fin y al cabo, conocer al de enfrente no duele, pero conocerse a uno mismo sí. Y mucho.

“Conocer a bien a los otros es inteligente, conocerse bien a sí mismo, es sabiduría”. Einstein.

Un pequeño comienzo, para saber si te conoces a ti mismo, es hacerte las siguientes preguntas: ¿Tienes reacciones emocionales espontáneas que no sabes explicar por qué te ocurren? ¿Sabes cómo actúas frente al miedo? ¿Qué sensaciones te genera? ¿Hay algún rasgo de tu personalidad que no te agrada? ¿Sabes por qué, aún no gustándote, mantienes ese rasgo? ¿Te han ocurrido cosas en el pasado que han sido dolorosas y prefieres esconder para hacer más pequeño ese dolor? ¿Qué sientes cuando piensas en ello?

Como éstas, existen infinidad de preguntas que podemos hacernos. El primer paso es responder a los “qué”, pero lo fundamental es dar con los “por qué”. Saber que tienes miedo a que tu pareja te haga daño no te permite conocerte, únicamente da rienda suelta a tu cabeza para aumentar ese miedo y que desemboque en desconfianza. Sin embargo, preguntarte por qué tienes miedo, por qué le das importancia, por qué te duele… y dar con las respuestas, es el verdadero conocimiento. Solamente respondiendo a los “por qué” conseguimos ir conociéndonos poco a poco.

“La mayor sabiduría que existe es conocerse a uno mismo” – Galileo

Conocernos, nos da la ventaja de anticipar cómo actuaremos frente a los sucesos de la vida, nos permite reaccionar de forma consecuente con lo que somos. Evidentemente, no podemos controlar qué cosas nos van a pasar pero, haciendo una introspección continuada en el tiempo, sí podemos controlar las reacciones, los pensamientos y emociones. Porque al fin y al cabo eso es lo que somos: reacciones, pensamientos y emociones.

Conocerse a uno mismo empieza por aceptar las experiencias emocionales en vez de ocultarlas consciente o inconscientemente. Cuando una persona sabe qué le afecta, qué le hace daño, cómo reacciona ante ello, cómo se siente y cómo es capaz de afrontarlo, es cuando actúa en su propio beneficio. Tener autoconciencia es darnos la oportunidad de exprimir nuestras capacidades al máximo, de reaccionar a favor nuestro y producirnos el menor daño posible. La autoconciencia es saber de nuestras debilidades, fortalezas, sentimientos, procesos y reacciones emocionales, por lo tanto, nos permite desenvolvernos de forma óptima en el día a día.

Quizás este ejemplo te suene a tópico, pero me gustaría que pensaras sobre él.

Imagina que esta noche, Ana y Luis, van a cenar juntos. El restaurante y la fecha es lo de menos, simplemente se van los dos. Ana quiere verse guapa, se maquilla de forma diferente a otros días, se cambia de ropa una y otra vez hasta que elije con la que mejor se encuentra. Dedica un buen rato a dejar su pelo perfecto y se calza esos zapatos que compró la semana pasada. Entonces llega el momento en el que Ana y Luis se ven. Él le dice “qué bien te queda el pelo así” y Ana sonríe. Pasan una noche estupenda, sin embargo, cuando Ana llega a casa se pone a pensar. ¿Solo el pelo me queda bien? ¿Por qué no me ha dicho nada del maquillaje? ¿No ha visto mis zapatos nuevos? ¡Era la primera vez que me pintaba los labios de rojo! Pero no me ha dicho nada… ¿Será que no le gusta cómo me queda? Y así, innumerables preguntas rondan la cabeza de Ana.

Con este ejemplo quiero que entiendas una cosa. Dejando atrás el hecho de que Luis le diga o no a Ana lo guapísima que se ha puesto y lo mucho que le gusta el rojo de sus labios y sus zapatos nuevos… ¿Por qué crees que Ana no vuelve contenta a casa? ¿Por qué le da vueltas a tantas cuestiones? ¿Por qué, en vez de alegrarse por el comentario del pelo, se inspecciona de arriba abajo y saca mil defectos? Pues porque Ana no se vistió ni se puso guapa para ella, sino para Luis. Ana pasó una tarde dedicándose a su aspecto físico con el fin de que Luis le reforzara. De que destacara cada detalle que ella había preparado cuidadosamente. Por tanto, las dudas que tiene Ana no son sobre lo que Luis piense o no de su aspecto, si no de lo que ella misma piensa sobre sí. ¿Entiendes?

Muchas veces solemos focalizar la culpa de nuestros sentimientos y emociones hacia otras personas. Culpamos a Luis de no darse cuenta de todo lo que hemos hecho para estar “perfectas para él”, atribuimos nuestras dudas a la “insensibilidad” de Luis. Y así con todo.

Con esto no quiero decir que no sea importante el reconocimiento de otras personas, porque por supuesto lo es y de ello se alimenta nuestra alma (¡a todos nos encantan que nos halaguen!)… Sin embargo, tenemos que hacer ejercicios de introspección para dejar de culpar al de enfrente y ser conscientes de que los únicos que generamos dudas y miedos en nuestra mente, somos nosotros.

Si tuviese la oportunidad de hablar con Ana le pediría que mirase en su interior y encontrase las respuestas a todas las preguntas que se hizo sobre su aspecto físico. Estoy segura de que la conclusión a la que llegaríamos sería Ana, Ana y más Ana. Luis no estaría. Y, ¿sabéis por qué? Porque uno de los poderes más grandes con el que todos contamos es el de la interpretación. Yo decido cómo interpretar lo que ocurre, lo que vivo, lo que experimento. De las interpretaciones nacen los pensamientos y sentimientos.

Cada uno construimos nuestra propia realidad a partir de lo que interpretamos de las cosas. Nos ahorraríamos muchos problemas interpersonales si cambiásemos el enfoque, si estuviésemos abiertos a generar otras interpretaciones, si mirásemos con otras gafas. Yo tengo el poder de hacer que algo me duela o no, de dar importancia a unos aspectos y no a otros, de valorar más A y olvidarme de B. Yo tengo la capacidad de construir mi felicidad, mi presente, mi “verdad”. Porque aunque dependamos en gran medida de la forma en que actúan las personas que nos rodean, somos nosotros los que despertamos, en nuestro interior, pensamientos y sentimientos en base a ello.

Ahora me gustaría que te fijaras en este ejemplo:

¿Ves ahora a lo que me refiero? Una misma situación puede interpretarse de formas muy distintas. Y la forma en que interpretemos esa situación será la que genere nuestros pensamientos – sentimientos – acciones. Por tanto, nosotros tenemos el poder de construir nuestra realidad. De decidir qué nos va a dañar y qué no. A qué le vamos a dar importancia y qué vamos a dejar pasar. ¡Tenemos el poder de controlar nuestros sentimientos!

Darse cuenta de cómo interpretamos y, lo más difícil, empezar a cambiarlo si esto no nos gusta, requiere conocerse a uno mismo. Cuando te conoces, sabes bien cómo actúas y eso te permite dar con la clave de tus interpretaciones.

¿Cómo puedo empezar a conocerme? ¿Qué pasos puedo dar?

  • Hazte preguntas cada día. Investiga y date cuenta de cómo reaccionas ante las cosas que te pasan, a qué tienes miedo, qué te hace daño y qué te hace feliz, qué cosas del futuro traes al presente y no eres capaz de dejar de darle vueltas, qué sucesos del pasado no logras digerir, qué cosas te gustan de ti mismo y qué no.
  • Cambia los “qué” por “por qué” y empieza a buscar dentro de ti para resolverlos. Solo de esta forma logramos empezar a conocernos, empezar a saborear nuestra esencia y empezamos a controlar nuestro mundo. Te darás cuenta de que cuando te preguntes el primer “por qué” irán surgiendo más y más a medida que profundices. No importa cuántos “por qué” encuentres, lo fundamental es que respondas a ellos.
  • Cuando surja una afirmación de los “por qué” piensa en cómo te hace sentir eso, qué emociones experimentas. De esta manera empiezas a ver, aunque un poco borroso al principio, qué sentimientos se esconden detrás de ese miedo, de ese futuro o pasado que aparece en el presente. Saber qué sentimientos nos generan nuestros pensamientos es la base para conocer qué está sustentando la afirmación.
  • Cambia el foco desde el que haces tus afirmaciones. Investiga si ese foco en vez de ser la otra persona puedes ser tú, si lo que focalizas hacia tus padres, tus amigos, tu pareja o tu trabajo, puede que esté en ti. Pregúntate a ti lo mismo que le preguntas a ellos. Elimina los “debería”, los “tengo que”, échalos de tu cabeza. Simplemente haz un cambio de visión y saca nuevos posibles caminos.
  • Piensa, piensa y piensa sobre esa información. Experimenta, ponte a prueba, evalúa qué haces y cómo reaccionas cuando surge ese pensamiento. Da rienda suelta a la imaginación, a la libertad de expresión. Experimenta todo lo que puedas ese pensamiento y descubre que se esconde tras él.

Al principio, como todo en esta vida, no es fácil hacer esto. Requiere valor, voluntad y práctica, mucha práctica. No es fácil adentrarse en un mismo y estar dispuesto a afrontar todo lo que vayamos encontrando. Sé que a veces da miedo, asusta pensar qué sacaremos, a qué nos enfrentaremos… muchas veces nos paralizamos y escondemos nuestras experiencias emocionales por temor (¿A no gustarnos? ¿A no ser capaces de cambiar? ¿A darnos de cara con la realidad?). Sea cual sea la situación, te invito a que pongas en marcha estas estrategias de autoconocimiento.

Conocerse a uno mismo es empezar a saborear la libertad. La felicidad.

Es construir la realidad en base a lo que somos y no a lo que creemos ser. Escribe sobre lo que sientes, busca soluciones, experimenta con la música, hazte preguntas, habla y comparte con los demás, llora, ríe a carcajadas, enfádate con el mundo, siente rabia, ten miedo, asústate, corre y escóndete… pero después sal. Sal y atrévete a conocerte.

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